Las lecciones más importantes de mi vida/The most important lessons of my life

Era un señor elegante de unos 56 años.  Se acercó a la tarima donde estaban los músicos y tomó el micrófono.  Se dice que era un hombre de pocas palabras y un tanto tímido, así que todos esperábamos ansiosos por el mensaje que iba a compartir.  Bastó que emitiera el primer sonido para silenciar el bullicio de las 200 personas que presenciamos ese evento.  Nos consumía la curiosidad de lo que aquel hombre sabio—pero silente—iría a decir ante tal multitud.

Comenzó con una historia de Madre Teresa en donde ella eligió llegar tarde a un reconocimiento público por ayudar a un necesitado que se encontró de camino.  La tildaron de irresponsable y un tanto desconsiderada porque había muchas personas que le fueron a ver y no tuvieron la dicha, por su demora.  Según la historia, a ella pareció importarle poco lo que pensaran estas personas, puesto que valoraba más servir y amar al desafortunado de la calle que ser admirada por sus seguidores.

“Qué tendría que ver ese cuento con nosotros?” Nos preguntábamos en la audiencia.  Pero no tardó en hacer sentido cuando le escuchamos pronunciar la frase que determinaría el resto de mi vida personal y profesional:

 

El amor es una decisión.

 

El señor de pocas palabras es mi papá.  El evento, mi boda.

 

Papi me enseñó que el amor no es un mero sentimiento.  Me lo verbalizó en su discurso el día de mi matrimonio, pero—más importante aún—me lo modeló durante toda mi vida.

 

No siempre lo ví así.  Durante mis años de adolescencia, Papi y yo experimentamos mucha fricción.  Diferíamos en nuestra manera de pensar y me costaba aceptar que fuera tan estricto.  Yo sentía que era una chica decente y me enfurecía que no confiara en mí cuando no me daba permiso para salir con mis amistades o pasar tiempo con algún amiguito.  Aún recuerdo una vez que le grité desesperadamente, “Me dan ganas de hacer las cosas mal y quedar embarazada para que entonces tengas razón para desconfiar de mí.”

 

Todavía puedo escuchar el eco de su respuesta: “El amor todo lo espera.”

 

En el momento no lo comprendí.  Nuevamente me pregunté, “Qué tiene que ver eso conmigo?  Este hombre siempre con su filosofía que no se le entiende!”

 

No fue hasta que me convertí en madre que hizo sentido lo que mi papá me dijo 15 años antes.  Aún me resuenan sus palabras: El amor TODO lo espera.  Lo que Papi quiso decirme es que su amor no dependía de que yo hiciera las cosas “bien” o “mal”.  Su amor esperaba cualquier cosa de mí y estaba listo para continuar brindándomelo, indiferentemente de mis decisiones.  El amor de mi papá es incondicional porque no está sujeto a los sentimientos que mis acciones le puedan exacerbar.  Es una decisión.

 

Esto se hizo aún más evidente recientemente. Un familiar muy cercano pasó por momentos difíciles y tomó decisiones que lastimaron a muchos—incluyendo a Papi y a mí misma.  En un momento dado, recibí una noticia de esa persona que me obligó a elegir entre expresar la tristeza y coraje que me provocaron sus acciones, o amarlo sin condiciones y ofrecerle mi apoyo.  Luego de un largo día de dimes y diretes en mi cerebro, opté por amarlo.

 

El amor es una decisión.

 

Llame a Papi esa noche.  Sin saludarlo ni pedirle la bendición (como es de costumbre), le pregunté: “Papi cómo te sientes tú con todo esto?”  El hombre de pocas palabras describió al detalle el mismo dolor que sentía yo.  Luego añadió, “Pero esto me ha hecho reflexionar en cómo es Dios conmigo.  A menudo lo lastimo y lo defraudo, pero El siempre me perdona y me ama.”

 

El amor todo lo espera.

 

Mi papá también había decidido amar a nuestro familiar en lugar de juzgarlo o castigarlo.

 

Qué manera de modelar lo que es el amor!

 

Hoy día soy madre de cuatro hermosuras y todas las noches me encuentro susurrándoles al oído, “No importa lo que tú hagas, Mami siempre te ama.”  Anhelo profundamente que mis hijos sepan que mi amor por ellos es como el de mi papá por mí.  No quisiera que tardaran tanto como yo en entenderlo.

 

A juzgar por mi hija de cuatro años, creo que he tenido éxito.  Cada vez que tengo coraje con ella, se ocupa de recordarme mi promesa: “Mami, estás brava?  Tú me amas?”

 

Papi, aunque soy mujer de muchas palabras, creo que nunca te he expresado el impacto que ha tenido en mi vida la incondicionalidad de tu amor.  Tus lecciones me definen como esposa, madre y profesional.  Yo también decido amarte y esperar todo de ti.  De niña te lo expresaba en cartitas, pero hoy te lo escribo en un blog.

 

No importa lo que tú hagas, tu hija siempre te ama.

 

English Version:

 

He was a handsome man of approximately 56 years of age.  He approached the stage where the musicians were and grabbed the microphone.  They say he was a man of few words and somewhat shy, so we all waited anxiously for the message that he was about to share.  The first sound of his voice was enough to silence the uproar of 200 people that attended the event. We were consumed by the curiosity of what the wise—yet silent—man had to say to such a crowd.

 

He began with a story of Mother Theresa.  She had been invited to a tribute in her honor, to which she showed up late because she stopped to help a homeless man she met on her way there.  They judged her as irresponsible and inconsiderate because many had traveled far to see her and didn’t get a chance to do so due to her delay.  According to the story, she seemed to care less about what these people thought because she valued more serving and loving the man in need than being admired by her followers.

 

“What did this have to do with us?”  We asked ourselves in the audience. But it wasn’t long before we made sense of it by listening to the phrase that would determine the rest of my personal and professional life:

 

Love is a decision.

 

The man of few words is my dad. The event: my wedding.

 

Dad taught me that love is not a mere feeling. He verbalized it during the speech he gave at my wedding, but—more importantly—he modeled it during my entire life.

 

I didn’t always see it this way. During my teenage years, my dad and I experienced much friction. We differed in our way of thinking and I had a hard time accepting that he was so strict.  I felt I was a decent child and was infuriated by his lack of trust towards me when he wouldn’t let me go out with my friends or spend some time with a boyfriend.  I still remember one day that I screamed at him desperately: “I feel like doing things the wrong way and getting pregnant so that then you will have no reason to trust me!”

 

I can still hear the echo of his response: Love expects anything.”

 

At that moment, I didn’t comprehend.  Once again, I asked myself, “What does that have to do with me? This guy always with his philosophical answers that one doesn’t understand!”

 

It wasn’t until I became a mother that what my dad told me 15 years prior made sense.  His words still resonate: Love expects anything.  What my dad meant to tell me is that his love did not depend on me doing things the “right” or “wrong” way.  His love expects anything from me and he is ready to continue giving it to me, regardless of my decisions.  My dad’s love is unconditional because it is not subject to the emotions that my actions may exacerbate in him.  Love is a decision

 

This became even more evident recently.  A close family member went through some hard times and made decisions that hurt many—including my dad and myself.  We recently learned some news from that person that required me to choose between expressing my sadness and anger or love and support him unconditionally.

 

Love is a decision.

 

I called my dad that night.  Without even saying hello or asking for his blessing (as is our custom), I asked, “Dad, how do you feel with all of this?” The man of few words described in detail the same pain that I was feeling.  He then added, “But this has made me reflect on how God is with me.  I often hurt and disappoint him, and yet He always forgives and loves me.”

 

Love expects everything.

 

My dad had also decided to love our family member instead of judging or punishing him.

 

What a way to model what love is!

 

Today I am the mother of four precious children whose ears I whisper every night, “No matter what you do, Mommy loves you.”  I desire profoundly that my children know that my love for them is like my dad’s love towards me.  I wouldn’t want them to take as long as I did to understand it.

Judging by my 4-year-old daughter, I think I’ve been successful in this mission.  Every time I’m upset at her, she makes sure to remind me of my promise: “Mommy, are you mad? Do you love me?”

 

Dad, although I am a woman of lots of words, I believe I have never expressed to you the impact your unconditional love has had in my life.  Your lessons define me as a wife, mother, and professional.  I also decide to love you and expect anything from you.  As a little girl, I used to express it in my letters, but today I write it in a blog.

 

No matter what you do, your daughter loves you.

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